La nueva guardia pretoriana de Erdogan

El Ejército ha sido una víctima más de la política neotomanista del presidente, Recep Tayyip Erdogan. Desde que se produjera el fallido golpe de Estado el pasado 15 de julio, -que dejó 240 muertos- más de 140.000 funcionarios han sido purgados de sus puestos de trabajo y 40.000 personas permanecen encarceladas.

Anatolia vive, además, bajo un estado de emergencia desde hace 9 meses, y que se ha prolongado hasta el próximo 19 de julio, tiempo suficiente para que el conocido como Sultán de Europa moviera los hilos necesarios que le han conducido hasta su ansiada reforma constitucional.  Erdogan pretende borrar del mapa los valores sobre los que se fundó la República en 1923 para convertirse en Tayyip Baba, el padre de la nueva Turquía neo-islamista.

En el camino, muchas son las víctimas a las que ha arrasado: que si los kurdos, que si los gülenistas, que si los seculares y ahora también el Ejército, el último rescoldo del kemalismo. El ascenso de Erdogan desde las calles del modesto barrio de Kasimpasa, situado a orillas del Cuerno de Oro, no fue fácil. Tras pasar por al alcaldía de Estambul, el virage autoritario al frente del Partido para la Justicia y el Desarrollo (AKP) llegó en 2013, en el marco de las protestas de Gezi y cuando el presidente aunció que abandonaba su cargo para presentarse a las primeras elecciones presidenciales en la historia del país. El sueño de una Turquía islamista podía rozarse con la yema de los dedos. Pero antes, Erdogan debía desmantelar el Ejército, histórico baluarte del laicismo desde Atatürk, el verdadero padre de la patria turca.

Ergenekon fue el primero de los pasos. Un macrojuicio que llevó a 300 personas al banquillo, acusadas de promover una conspiración para derribar al Gobierno. El proceso fue dirigido por jueces relacionados con el clérigo islamista Fethullah Gülen, aliado de Erdogan y convertido hoy en el principal enemigo del Estado. Gülen y sus fieles junto con  Erdogan hicieron frente al secularismo, pero, una vez neutralizado, se abrió la grieta entre ambos. El 17 de diciembre de 2013, Gülen destapó, a través de sus jueces y fiscales, el mayor caso de corrupción de la historia del AKP, que salpicó a instituciones como el Halk Bank, uno de los bancos estatales más importantes y al círculo más cercano del presidente: su familia y ministros.

Desde entonces, Erdogan mantiene una lucha abierta contra Gülen y sus seguidores, que culminó con la asonada del pasado verano, el segundo de los momentos aprovechados por el presidente para rematar la purga que comenzara años antes. “Este golpe ha sido un regalo de Dios para limpiar el Ejército” clamaba al cielo Erdogan.

Nada queda de la cúpula militar. Las instituciones del Ejército han sido reducidas a la mínima expresión y doblegadas ante la nueva guardia pretoriana del Sultán: la policía, que en 14 años ha multiplicado su gasto por 8’5 y alcanza el medio millón de efectivos.

Turquía es el segundo país europeo con más policías por habitantes precedido de Rusia. Los agentes turcos pueden portar armamento bélico pesado y cuentan con vehículos blindados y helicópteros militares. A la  cabeza de cúpula de la Dirección General de Policía se sitúan los leales de Erdogan, los ultraderechistas, que velan por la ‘seguridad’ del Estado. Un estado policial que hace y deshace a su antojo en el sureste del país donde al grito de Allah’u Akbar y bajo consignas salafistas, impone la ley del nuevo Sultán de Europa.

Beatriz Yubero. Periodista y analista política en Oriente Próximo. 

Fuente: Articulo 30.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *