Nangarhar, la provincia afgana más mortífera para las fuerzas estadounidenses en el último año.

La muerte de un boina verde en un tiroteo el día de Año Nuevo en la provincia de Nangarhar, fue un sombrío recordatorio que la violencia continua en la provincia más mortífera del país más peligroso donde se encuentran desplegados los estadounidenses.

El sargento Mihail Golin, de 34 años, oriundo de Lituania que se unió al ejército en 2005 poco después de emigrar a los Estados Unidos, murió la semana pasada mientras patrullaba a pie en el distrito de Achin, la primera muerte por combate estadounidense de 2018 y la octava en Nangarhar en los últimos nueve meses.

Desde marzo, aviones de guerra estadounidenses y tropas de operaciones especiales han efectuado cientos de operaciones tácticas más en la provincia.

En ningún lugar es más peligroso para las tropas estadounidenses desplegadas en el extranjero. Nangarhar es uno de los pocos lugares en que los estadounidenses han estado acompañando sistemáticamente a las fuerzas afganas en la batalla. Un tercio de los 21 militares estadounidenses muertos en combate el año pasado murieron allí, más que en cualquier otro lugar donde las tropas combaten como Irak, Siria, Yemen, Somalia y Níger.

Las muertes por combate fueron mucho más escasas en 2017 que el momento más alto de las guerras de Irak (en 2007) y Afganistán (en 2010), pero el reciente repunte en Nangarhar podría presagiar un aumento en el derramamiento de sangre estadounidense  a medida que EE. UU. intensifica los combates en su guerra más larga.

Las muertes en combate del pasado año en Nangarhar siguieron a la intensificación de una campaña antiterrorista que ha estado poniendo a las tropas estadounidenses junto con las afganas en la primera línea de batalla con una rama resistente del Estado Islámico conocida como ISIS-Khorasan o ISIS-K. el grupo se ha arraigado allí en los últimos años, donde también operan los talibanes, convirtiéndolo en una guerra de tres bandos.

La misión de la OTAN liderada por Estados Unidos, está a punto de seguir su ejemplo en otras partes de Afganistán poniendo  más asesores y sus tropas de protección de fuerzas con unidades tácticas afganas convencionales que luchan contra la insurgencia talibán. Una nueva campaña lanzada en el mes pasado en la provincia sureña de Helmand  ha intensificado los combates con ataques aéreos y operaciones especiales en tierra contra el comercio de drogas vinculado a los talibanes.

Todo es parte del último cambio en la estrategia de Estados Unidos en Afganistán , que el presidente Donald Trump anunció en agosto, dando a las fuerzas estadounidenses una mayor libertad para atacar a los insurgentes talibanes y ha enviado varios miles de soldados más para apoyar a las unidades de combate afganas. Hay alrededor de 14.000 soldados estadounidenses en el país este año, de los 11.000 que había a lo largo de 2017.

En otras partes del país, el año pasado murieron cuatro soldados en acción en las provincias de: Helmand y Kandahar en el sur, y Logar en el este. Las dos provincias del sur, en el corazón de los Talibanes, han sido históricamente las más sangrientas para las fuerzas internacionales, con más de 1.500 muertos desde 2001. Pero las muertes han disminuido desde la retirada de la mayoría de las fuerzas de combate internacionales a finales de 2014.

Más de 1.870 soldados estadounidenses han muerto en combate y más de 20.000 han resultado heridos desde el comienzo de la guerra afgana en 2001, pero las muertes en combate han sido tan raras en los últimos años que un solo incidente puede hacer que un lugar destaque como el que más del año.

Un atentado suicida en la Base Aérea de Bagram lo colocó en lo más alto de la lista de muertes hostiles cuando seis soldados pertenecientes a la Fuerza Aérea  murieron en una explosión en diciembre de 2015 . En noviembre de 2016, otra explosión mató a tres soldados y convirtió a Bagran como el lugar más peligroso de Afganistán para los estadounidenses ese año.

Sin embargo, el año pasado no hubo ninguna baja en Nangarhar, si no varios meses de fuertes combates.

Desde abril, los siete estadounidenses que murieron combatiendo allí fueron víctimas de disparos enemigos, explosiones de bombas, un ataque interno y fuego amigo que sucedió durante una intensa batalla de tres horas.

Días después de la primera de las bajas del año pasado en un tiroteo en abril, un ataque aéreo llamó la atención del mundo sobre la intensificación de la campaña cuando un avión MC-130 Hércules de la Fuerza Aérea lanzó una bomba explosiva de 22.000 libras, también conocida como la “madre de todas las bombas”, en una red de cuevas del ISIS-K en el distrito de Achin.

Lugar de Nangarhar donde Estados Unidos lanzó la bomba llamada “la madre de todas las bombas”

En noviembre, el general John W. Nicholson, máximo comandante estadounidense en Afganistán, dijo que las fuerzas estadounidenses habían realizado alrededor de 1.400 ataques terrestres y aéreos en la zona desde marzo habiendo reducido el control del grupo talibán sobre Nangarhar de nueve distritos a solo tres.

Los combates habían eliminado a unos 1.600 militantes del ISIS-K del campo de batalla, dijo, y prometió más ataques en los próximos meses.

Pero la violencia no muestra signos de disminuir, ya que hasta ahora el grupo ha desafiado los esfuerzos para acabar con ellos, logrando llevar a cabo varios ataques en todo el país.

Funcionarios estadounidenses habían estimado que 700 combatientes del ISIS-K estaban operando en Afganistán la primavera pasada, pero a pesar de las fuertes pérdidas en el campo de batalla, ese cálculo había aumentado en noviembre a 1.100, incluidos 300 fuera de Nangarhar.

Nicholson dijo que el ISIS-K compensó su desgaste en el campo de batalla reclutando agresivamente a miembros de las filas de Tehrik-i-Taliban Pakistan, o TTP, un grupo islamista con vínculos con al-Qaida y los talibanes, conocido por llevar a cabo un ataque de 2014 que mató a más de 140 personas, en su mayoría niños, en una escuela dirigida por el ejército en la ciudad paquistaní de Peshawar.

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