Estados Unidos puede atacar en cualquier lugar, pero ¿puede permanecer en cualquier lugar?
La reciente operación Resolución Absoluta del ejército de Estados Unidos que capturó al presidente venezolano Maduro en una impresionante demostración del poder militar estadounidense, no parece haber tenido un cambio significativo en el pueblo venezolano, semanas después del arresto, las fuerzas progubernamentales del capturado mandatario aún controlan Caracas, y el país sigue estando invariable.
Esta brecha entre la brillantez táctica y el estancamiento estratégico revela el fallo central de la nueva Estrategia de Defensa Nacional del Pentágono: Estados Unidos puede desplegar una fuerza abrumadora en cualquier lugar del planeta, pero cada vez carece más de la presencia sostenida necesaria para convertir las victorias militares en resultados duraderos.
La Estrategia de Defensa Nacional (EDN) dada a conocer el 24 de enero se enfrenta a una dura realidad: Estados Unidos no puede disuadir a China en el Estrecho de Taiwán, defender el Canal de Panamá, garantizar la seguridad europea y extender la disuasión nuclear sobre Corea del Sur con los niveles actuales de fuerza.
La respuesta del Pentágono es priorizar la defensa nacional y el dominio del hemisferio occidental, manteniendo al mismo tiempo la negación de la Primera Cadena de Islas a China y brindando un apoyo “crítico, pero más limitado” a Europa y Corea del Sur.
El problema no es el diagnóstico, sino que el remedio puede ser peor que la enfermedad.
Cuando las prioridades chocan con la física
Las matemáticas simplemente no funcionan. La planificación de contingencia de Taiwán por sí sola consumiría la mayor parte de las fuerzas de defensa naval y aérea disponibles, sin considerar los compromisos del hemisferio occidental o de Europa. La defensa del hemisferio occidental requiere paquetes de fuerzas separados: transporte aéreo, plataformas anfibias, sistemas de inteligencia, unidades de operaciones especiales y combatientes de superficie. Los niveles actuales de fuerza fueron diseñados para compromisos globales sostenidos, no para el dominio hemisférico simultáneo y la negación del Indopacífico, manteniendo al mismo tiempo una disuasión creíble en otras partes.
La operación en Venezuela demuestra esta limitación. Estados Unidos ha demostrado que puede atacar en cualquier lugar, pero el resultado estratégico sigue sin resolverse precisamente porque la nueva estrategia resta prioridad a los compromisos sostenidos fuera de los teatros de operaciones prioritarios.
Pero la brecha en la estructura de fuerzas es solo la mitad del problema. El período de transición, mientras los aliados desarrollan su capacidad, crea sus propios peligros.
El problema de la ventana de transición
La estrategia asume que la OTAN y Corea del Sur pueden asumir la responsabilidad principal de la defensa regional en plazos aceptables. Sin embargo, Europa se enfrenta a enormes obstáculos: una deuda agregada del 90 % del PIB limita el aumento del gasto en defensa, la limitada producción nacional de municiones de precisión y defensa aérea avanzada genera deficiencias de capacidad, y la falta de pruebas de tolerancia a las bajas previsibles plantea dudas sobre la sostenibilidad política. Esto crea una ventana de vulnerabilidad de 3 a 5 años. Europa no puede operar de forma independiente mientras se reduzca el apoyo estadounidense.
El desafío de Corea del Sur es aún más grave. La afirmación de que Seúl puede asumir la “responsabilidad principal de disuadir a Corea del Norte” con un “apoyo crítico, pero más limitado, de Estados Unidos” presupone que la superioridad convencional puede sustituir una garantía nuclear. No es así. El creciente arsenal norcoreano crea ventajas en cualquier escenario de escalada que las fuerzas convencionales no pueden contrarrestar. Un apoyo “crítico, pero más limitado” socava la confianza en la pregunta fundamental: ¿Washington cambiaría Los Ángeles por Seúl? Esta ambigüedad podría llevar a Seúl a reconsiderar su postura nuclear, desencadenando precisamente la cascada de proliferación que la política de no proliferación busca prevenir.
Cuando la estrategia se vuelve personal
Quizás lo más preocupante es que el NDS vincula su marco explícitamente a la “visión del presidente Trump”, mencionándolo 47 veces en 24 páginas. Las estrategias duraderas enmarcan los objetivos en torno a intereses nacionales persistentes, no al liderazgo individual. La contención —articulada en el “Telegrama Largo” de George Kennan y el NSC-68, dos documentos fundamentales de principios de la Guerra Fría— sobrevivió casi 50 años a lo largo de nueve administraciones porque abordó las amenazas soviéticas a los intereses estadounidenses.
Cuando la estrategia se convierte en sinónimo de un solo líder, se vuelve vulnerable a un retroceso. Si los aliados y adversarios creen que este marco expira en 2029 con la finalización del mandato de Donald Trump, y ajustan su comportamiento en consecuencia y las inversiones en defensa a la espera de cambios en las políticas; los adversarios simplemente esperarán a que se retiren las fuerzas.
El adversario tiene voz.
La viabilidad de la estrategia depende de que los adversarios se adapten al reposicionamiento estadounidense en lugar de explotar las vulnerabilidades durante la transición. La historia no ofrece mucho consuelo. El Libro Blanco de la Defensa Imperial británica de 1937 articuló prioridades claras, pero esto no impidió que Alemania aprovechara el período de transición previo al rearme aliado.
Al designar ciertos teatros de operaciones como de menor prioridad durante el desarrollo de capacidades aliadas, la Estrategia Nacional de Defensa (NDS) crea un plazo de 3 a 5 años para que los adversarios pongan a prueba su determinación.
La Estrategia Nacional de Defensa (NDS) de 2026 ofrece una claridad estratégica, que se esperaba desde hacía tiempo, al diagnosticar las limitaciones de recursos. Sin embargo, no demuestra cómo Estados Unidos puede salvar la brecha entre los compromisos actuales y las capacidades futuras sin crear vulnerabilidades explotables.
La operación en Venezuela cristaliza el dilema: una capacidad táctica abrumadora sin una capacidad estratégica sólida. Hasta que el Pentágono demuestre cómo protege a los aliados durante la transición —o reconozca con franqueza los riesgos que deben aceptar—, esta estrategia plantea más preguntas que respuestas.
Los documentos de estrategia establecen las intenciones; las respuestas adversarias determinan los resultados. Según la evidencia actual, persisten importantes lagunas.
Richard Berry


